domingo, 16 de octubre de 2011

LIDERAZGO RESCATE ENTEBBE


La Operación Entebbe fue una misión de rescate de rehenes llevada a cabo por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en el Aeropuerto de Entebbe en Uganda el 4 de julio de 1976.1 Una semana antes, el 27 de junio, una aeronave de Air France con 248 pasajeros fue secuestrada por terroristas palestinos y simpatizantes, tomando rumbo a Entebbe, cerca de Kampala, la capital de Uganda. Poco después del aterrizaje todos los pasajeros no judíos fueron liberados.

Las acciones de la FDI se basaron en la información de inteligencia suministrada por la agencia de inteligencia israelí, el Mosad. La operación se planeó a consecuencia del secuestro por parte de la organización militante Células Revolucionarias y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, junto a la amenaza de los secuestradores de matar a los rehenes si no se cumnplían sus exigencias de liberación de presos.2 El plan también incluía preparación contra una eventual resistencia armada por parte de las tropas ugandesas.

La operación de rescate se ejecutó en la noche, cuando fueron trasportados por vía aérea 100 comandos de élite israelíes a más de 2.500 km de distancia hasta Uganda. La operación, que fue planeada durante una semana, tardó 53 minutos y se rescataron 103 rehenes. Cinco comandos israelíes resultaron heridos y otro, el comandante de la unidad de asalto, Teniente Coronel Yonatan Netanyahu, murió durante la operación. Todos los secuestradores, tres rehenes y cuarenta y cinco soldados ugandeses murieron y once MiG-17 de fabricación soviética fueron destruidos en tierra.4 Un cuarto rehén fue asesinado por integrantes del ejército ugandés en un hospital cercano.

El rescate, llamado Operación Trueno, es llamado en ocasiones Operación Jonathan en honor al líder de la unidad de asalto fallecido, Yonatan Netanyahu, quien era el hermano mayor de Benjamin Netanyahu, primer ministro de 1996 a 1999 y desde 2009.7 Como resultado de la operación los militares estadounidenses implementaron equipos de rescate altamente entrenados inspirados en la operación Entebbe. El intento más notable de imitarla fue la Operación Garra de Águila, un rescate fallido de cincuenta y tres funcionarios retenidos en Teheran durante la crisis de los rehenes en Irán.





QUÉ ES SER MILITAR


Fernando Vargas*


Cuando tuve el gusto -y el tiempo- de ser profesor de la Escuela Militar de Cadetes “José María Córdova”, siempre quise, como civil que soy, saber el por qué estos jóvenes habían escogido la carrera militar, habiendo tan buenas opciones en el mundo de las otras profesiones, con menos riesgos, más pausadas, estables, con mayor reconocimiento social (sobre todo en las altas esferas sociales) y con mejores posibilidades económicas. Luego de su paso por la educación pública o privada, llegan a la Escuela cargando falencias de formación que, en la búsqueda permanente de una educación integral, se tratan de superar durante los años de permanencia en el claustro militar.

Cuando ocurre el retiro de algún alumno, siempre es un momento tenaz y doloroso para él pues se siente frustrado. Lo mismo sucede cuando ese joven no logra el cupo de ingreso. La mayoría de los Alférez no sabían definir ese elemento: el ¿por qué anhelaban ser militares?, pese a lo cual son enfáticos en asegurar que ese es su sueño y su deseo: Ser Oficiales del Ejército nacional. Estos alumnos viven momentos de inmensa alegría y orgullo cuando reciben su primer ascenso a Alférez y a Subteniente: Su primera estrella, acompañada por unas lágrimas de sus padres que los siguen en su felicidad, aunque me temo que también, con resignación o con angustia, se hacen la misma pregunta: ¿Por qué?

Con profunda fe en Dios, su anhelo es llegar a ser Generales, o que se lo permitan; sueñan con alcanzar victorias militares que trasciendan a la historia; que les sean puestas todas las medallas, en especial aquellas que se consiguen en el campo de batalla: “las grises”, las de orden público; están dispuestos al sacrificio, al más alto, el más sublime y humano de todos: dar su vida en el cumplimiento de su misión, que es la protección del pueblo colombiano, de ese pueblo en el que nacieron y al que pertenecen, porque allí, con alguna honrosa excepción, brillan por su ausencia los apellidos que deslumbran en aquellas fiestas que registran las paginas sociales de las revistas. ¡Qué vergüenza! Aquellos que tienen frente a la historia la más alta responsabilidad con el destino del país, acobardados con sus hijos, conciertan la estrategia indigna, de claudicar sin luchar. Usufructúan las mieles del poder, sin merecerlo, sin virtudes. Para sobrevivir, la principal condición que debe tener un país, más que la trillada “inversión”, es tener el liderazgo de una clase dirigente digna de ese titulo. “Traerán su propia soga…” decía con mucha razón, Lenin.

Ante este escenario, de unos que sin tener nada lo quieren dar todo por todos y, otros que teniéndolo todo, le sacan el cuerpo a los peligros y sus responsabilidades, encontré la respuesta a mi pregunta inicial. No era tan complicado. Lo que ocurre es que contiene una razón inmaterial, espiritual: Estos muchachos nacieron con una vocación, con una inspiración, con un llamado de servicio, con virtudes de sacrificio y entrega; con los dones que El Creador sólo le da a aquellas criaturas que Él escoge. Por eso, pese a las dificultades - sobretodo la insolidaridad, intolerancia e indolencia, de aquellos que debiendo estar a su lado no lo están- son felices cumpliendo su misión, son felices vistiendo su uniforme y, puedo asegurar que son felices si viven, pero sublimemente felices si mueren combatiendo, rescatando secuestrados, liberando pueblos del yugo de los grupos narcoterroristas. Por estas razones, el pueblo los pide, siempre los ha querido, porque para apreciarlos se requiere la inocencia del ser incontaminada de sesgos ideológicos que florecen como mala hierba en los jardines de los claustros de educación.

Luego su vida gira en torno a su misión. Alejados de sus familias, esposa e hijos; a su Club, si al caso, pueden ir una vez al año; las noches de navidad o año nuevo la pasan en vela, cuidando pueblos y vías, para que los colombianos podamos disfrutar en nuestros hogares, con nuestras familias, de estas tradicionales celebraciones; su labor no tiene horarios, ni horas extras. Esta disciplina y entrega sólo es posible gracias a esa dote humanitaria que los motiva. Van por la vida erguidos, con la frente en alto, orgullosos de ser militares, luciendo disciplina que engalana su ejemplo. Esa vocación imperceptiblemente se transformó en honor y éste es el marco del cual nunca se apartarán en la vida: El Honor Militar. Y todos sus actos fijados en los principios y valores cristianos, quedan regidos por la búsqueda del bien común, del bienestar de un pueblo, del bienestar de la patria, fines que cumplidos les dan gloria y grandeza al militar, a su familia y a la institución y que si faltan a ellos cargarán inexorablemente con el señalamiento de su conciencia y su institución.

“Los ejércitos vienen a ser el más alto, puro y noble servicio nacional. Los soldados, entran a los cuarteles, no por la paga, ni por ningún estímulo pequeño, sino porque quieren servir a su nación….con el fin de que los demás vivan en paz, siembren, produzcan, duerman tranquilos y sus hijos y sus generaciones venideras, sientan que la patria sea un sitio bien amable y bien guardado” expresó el ex Presidente Alberto Lleras Camargo.

Si en el ejercicio de su misión son calumniados, perseguidos y llevados al escarmiento público de encarcelarlos, mancillando su nombre y su familia, en silencio se aferran en confianza a lo que llamamos el Estado de derecho, el sistema político que garantiza la democracia y que con sus vidas defienden. No tienen cómo pagar costosos abogados y con lágrimas de dignidad pasan años esperando una justicia que se supone pronta, aplicada por hombres y mujeres que, cuando no desconocen los temas de la guerra, militan ideológicamente en el bando subversivo, lo que en la doctrina izquierdista se denomina: combinación de las diferentes formas de lucha. Saben que son inocentes, pero en el follaje espeso de normas y procedimientos legales hábilmente manipulados por sus enemigos, se busca pisotearles El Honor, esa substancia intrínseca del ser militar, que en palabras de Calderón de la Barca “es patrimonio del alma y el alma es solo de Dios”

Jorge Eliécer Gaitán, en la madrugada del 9 de abril de 1948, día de su asesinato, realizó la defensa penal del Teniente Cortés, en donde vehementemente expresó: “El honor es uno de los valores morales de la especie, trascendental y más importante que el valor de la vida, porque representa una conciencia colectiva. Es el respeto que por nuestra conducta hemos logrado conquistar….Tan cierto es esto que los deberes del honor son distintos aún dentro de la misma sociedad….Afirmo aún más: no es la misma la exigencia que la sociedad le hace a un civil que la exigencia que sobre la dignidad personal se le hace a un militar en el mismo caso. Le basta al hombre civil ser un ciudadano normal, común, corriente, sin que nadie pueda gritarlo o hacerlo desmerecer en nivel del elevado concepto social si no resulta ser valiente. Pero eso no le está permitido al militar. El militar queda deshonrado donde no queda deshonrado el civil. De ahí que sintamos desprecio por un militar que nos digan que es cobarde…que no es valiente.”

Quedo satisfecho con la respuesta encontrada a la pregunta que inició este artículo y ratificando mi absoluto respeto y admiración por el honor militar, me integro a la afirmativa Bíblica: “A los que por su perseverancia en hacer el bien buscan gloria, honor e inmortalidad; vida eterna” (Romanos 2.7)



*Abogado, Experto en DDHH y DIH, profesor Militar y conferencista de varias Universidades. Autor de 10 libros

Y LOS DERECHOS MILITARES - PRESIDENTE ALBERTO LLERAS CAMARGO


Apartes de la intervención del Presidente ALBERTO LLERAS CAMARGO, el 9 de mayo de 1958.

“La mayor parte del tiempo, la fuerza armada no hace sino estar, existir, precaver, con su sola presencia, que no ocurra nada malo, ni invasiones, ni asaltos, ni guerras. Pero si algo ocurre, y hasta ahora siempre ha ocurrido, el soldado tiene que ir a poner el pecho para defender a los que están detrás de él”
“La educación del que comanda gente de armas es excepcional, como lo es, en menor grado, la del soldado. Nada de lo que ocurre en las unidades militares deja de tener sentido. Todo es preparación constante para el minuto de riesgo y de muerte. En cambio, la educación de los paisanos es para la paz, el disentimiento, la controversia, el trabajo sin riesgos y no es necesaria tan rígida disciplina. Obedecer es fundamental, básico, insustituible en la unidad armada, porque cuando se está ante la muerte o en la batalla, discutir es perder la empresa. Es muy peligroso que se desobedezca una orden, que, por insensata que parezca, ejecutada por cien o mil hombres con rigurosa disciplina puede conducir a la victoria o minimizar el desastre. La acción guerrera necesita rapidez, unidad, decisión inmediata, y todo eso no da tiempo para juzgar todos los aspectos de la cuestión. La preparación militar requiere pues, que el que de las órdenes haya aprendido a darlas sin vacilar y tenga hasta donde es posible, todo previsto, y que el que las recibe, las ejecute sin dudas ni controversias. Exactamente al revés de la sociedad civil, que tiene la única garantía de su libertad y de su acierto en que haya tiempo para discutir, para oír opiniones y para discrepar. El peligro es el factor que hace toda la diferencia entre la una y la otra”
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“Lo primero que se aprende al llegar a un ejército moderno es que cada uno de sus cuerpos tiene una misión, un cometido, una capacidad y un oficio diferente. La preparación para una unidad blindada no forma automáticamente a un artillero, ni un operario de comunicaciones puede servir eficazmente en una patrulla de infantería. Si eso es así dentro de los cuarteles, como no será dentro de la sociedad civil, complejísima, que no tiene vínculo alguno entre sí, sino el territorio. Por eso las escuelas civiles, como las militares, preparan gentes para todos los oficios y profesiones. Cada una tiene su ética, tiene sus reglas, tiene su sistema. No es lo mismo mandar en una universidad que en un regimiento. Toda la vida de ustedes ha estado dedicada a aprender a obedecer, y como consecuencia, a saber mandar personas que no deliberan sobre sus órdenes ni las discuten. Es un ejercicio radicalmente distinto del mando en la vida civil. Si yo pretendiera mandar a una unidad mínima de caballería, que es mi Arma, puesto que tengo el privilegio de ser Coronel Honorario del Arma, entraría inmediatamente a discutir con los Oficiales y la tropa, a consultar su opinión, a cavilar, a tratar de poner a todo el mundo de acuerdo, y aún, a adivinar los intereses y sentimientos de los caballos. No lograría hacer avanzar dos kilómetros a mi unidad. Pero si se trata de poner gentes de acuerdo, no sometidas a ninguna disciplina, acostumbradas a concebir diferentes maneras de hacer las cosas con capacidad de hacerlas por su cuenta, sin mi consentimiento, probablemente, como se ha visto en estos últimos años, podría lograr algunos resultados. Hemos sido educados para funciones diferentes, y para distintas maneras de servicio.

“Eso es todo. El de ustedes es mas peligroso, allí reside su nobleza. La política es el arte de la controversia, por excelencia. La milicia es la disciplina. Cuando las Fuerzas Armadas entran a la política, lo primero que se quebranta es su unidad, porque se abre la controversia en sus filas. El mantenerlas apartadas de la deliberación política, no es un capricho de la Constitución, sino una necesidad de su función…”

“Por eso las Fuerzas Armadas no deben deliberar, no deben ser deliberantes en política. Porque han sido creadas por toda la Nación, porque la Nación, entera, sin excepciones de grupo, ni de partido, ni de color, ni de creencias religiosas, sino el pueblo como masa global les ha dado las armas, les ha dado el poder físico, con el encargo de defender sus intereses comunes, les ha dado a los soldados, les ha dado fueros, las ha libertado de las reglas que rigen la vida de los civiles, les ha otorgado el privilegio natural de que sean gentes suyas quienes juzguen su conducta, y todo ello con una condición: la de que no entren con todo su peso y su fuerza a caer sobre los ciudadanos inocentes, por cuenta de los otros”.

“Pero no quiero, en manera alguna, que los políticos decidan cómo se deben manejar las Fuerzas Armadas, en su función técnica, en su disciplina, en sus reglamentos, en su personal. Esas dos invasiones son funestas, pero en ambos casos salen perdiendo las Fuerzas Armadas. La política mina la moral y la disciplina de las Fuerzas armadas…”

“Las faltas serán juzgadas por las Fuerzas Armadas, como lo disponen los reglamentos y los códigos.
“Pero confiará a las Fuerzas Armadas su propio honor, su disciplina, su eficacia”.

“Ya he dicho que considero que es injusto y aberrante que mientras los civiles se perdonan, se amnistían y se abrazan, y borran todos los agravios que se hicieron, haya quienes piensan que se puede atacar a miembros de las Fuerzas Armadas por acciones que condujeron bajo órdenes superiores del Gobierno, en condiciones tremendas de peligro y en medio de una situación de locura y confusión colectivas. Si hay algo que castigar, que depurar, que corregir, se castigará, se corregirá, se depurará por las propias Fuerzas Armadas, por su justicia, por las reglas de su disciplina excepcional y no con intervención de acciones políticas parciales y parcializadas”.


¿HAY DEMASIADA GENTE SOBRE LA TIERRA?


ANTONIO MARTÍNEZ

Somos demasiados y la superpoblación mundial amenaza el futuro del hombre sobre nuestro planeta: esto es lo que piensa Paul Ehrlich, especialista estadounidense en demografía que en 2009 recibió el Premio Margalef de Ecología, concedido por la Generalitat de Cataluña. Según Ehrlich, la Tierra podía soportar los 2.000 millones de habitantes de 1930, pero no los cerca de 7.000 millones de la actualidad. De manera que no es extraño que alabe sin apenas reservas la política china del hijo único.

No se trata, desde luego, de una tesis nueva: ya en 1968, el propio Ehrlich publicaba su ensayo The population bomb, en el que sostenía, como sigue haciendo hoy, que “tener más de dos hijos es egoísta e irresponsable”. En su opinión, sólo existe un camino razonable para nuestra especie: la limitación drástica del número de nacimientos, dentro de una óptica estrictamente malthusiana. Quienes critican a Ehrlich argumentan que no se trata tanto de reducir o limitar la población como de cambiar el derrochador estilo de vida característico de Occidente, y que hoy se está extendiendo al resto del planeta: una forma de vivir –de consumir: ya son entre nosotros tristes sinónimos– que amenaza con agotar los recursos naturales; sin embargo, Ehrlich responde que hay que modificar simultáneamente y a la baja ambos factores.

Sin embargo, ¿tienen realmente razón quienes, como él, y desde una perspectiva ecologista radical, propugnan una política antinatalista sin concesiones? Desde la década de 1970, los programas de control de la natalidad auspiciados por la ONU, sobre todo en los países del Tercer Mundo, han aplicado esta lógica, que a muchos les parece de sentido común: a más población, mayor consumo de recursos, mayor degradación del planeta y, a medio plazo, pobreza y hambre dentro de un horizonte crítico de superpoblación, fuente de todo tipo de tensiones y conflictos darwinianos (la actual lucha soterrada entre China, Rusia, India y Estados Unidos por los recursos naturales del Asia Central es un buen ejemplo de ello). Ahora bien: por otra parte, nos encontramos con la paradoja de que, en los países occidentales, el envejecimiento de la población, junto con las bajas tasas de natalidad, amenazan el futuro del crecimiento económico: en todo país pujante y que crece, aumenta la población a la vez que se amplia la decisiva clase media y se produce una elevación de todos los índices de desarrollo. De manera que, acompañado –claro está– por otros factores esenciales (educación, sanidad, infraestructuras, facilidades para la iniciativa privada, estabilidad social y política etc.), el crecimiento demográfico constituye a la vez una consecuencia y una causa del progreso general de un país.

Y parece lógico que lo que vale para un país lo haga para el planeta Tierra en su conjunto. Haciendo abstracción de que limitar legalmente el número de hijos sólo es posible dentro de un sistema político fuertemente autoritario, incompatible con las bases filosóficas de las sociedades de Occidente, el caso es que regresar a los 2.000 millones de habitantes de 1930, como propone Ehrlich, además de irrealizable en la práctica, sería contraproducente. Una reducción demográfica de esas proporciones sólo podría significar un retorno general a las condiciones generales de vida de 1930: el sistema social es un todo holístico y orgánico en el que, si se modifica enérgicamente un factor, todos los demás quedan al momento afectados. De hecho, la reducción a 2.000 millones sólo sería posible como consecuencia de una pandemia que diezmara radicalmente la población mundial, o bien de una guerra nuclear de proporciones masivas: la cual –es evidente– no sólo reduciría la población, sino que resultaría devastadora desde el punto de vista civilizacional y económico, extendiendo la pobreza, el hambre y la enfermedad por toda la Tierra –una Tierra ya no superpoblada, eso sí. No parece que Ehrlich propugne soluciones tan extremas, aunque simpatizan con ellas algunos de los defensores más fanáticos del ecologismo radical: desde su punto de vista, el ser humano es un virus incontrolado que amenaza la supervivencia de Gaia, y lo más digno que podría hacer es autosuprimirse y desaparecer.

Parece claro, en fin, que quienes comparten las posturas de Paul Ehrlich cometen un fatal error de perspectiva: la población no es el problema. Cuando una sociedad crece armónicamente, el incremento de la población se produce en paralelo a una elevación del nivel de conocimiento y de la consiguiente eficiencia en la explotación de los recursos. Digamos que, con un nivel de conocimiento y de organización social A, un territorio de 100.000 kilómetros cuadrados puede sostener a un millón de personas, dentro de un determinado nivel de vida; pero, con un nivel B, más elevado y que redunda en una mayor eficiencia general (desde luego, en cuanto a la explotación de los recursos, pero no sólo respecto a eso: pensemos, por ejemplo, en la evitación y resolución de conflictos, esencial para la estabilidad y el progreso de una sociedad), ese mismo territorio se torna suficiente para tres millones; y con un nuevo y aún más elevado nivel C, podría sustentar pongamos que a seis millones de personas. Por supuesto, lo realmente catastrófico y explosivo es tener seis millones con un nivel A.

Conclusión: el problema no es la población –un esencial factor de crecimiento, no lo olvidemos–, sino el nivel de eficiencia general de una sociedad. A mayor eficiencia, mayor posibilidad de asumir nuevos incrementos demográficos. Y tal es el verdadero desafío de nuestro mundo en la hora actual: actuar desde una visión planetaria y, lejos de políticas como la china del hijo único –que está creando ya graves disfunciones–, comprender que sólo el nivel general de eficiencia, la creación de una sociedad rica, compleja y efervescente en conocimiento y en “producción de bien” en todas las dimensiones de la realidad puede resolver los múltiples problemas que actualmente nos aquejan.

Ni que decir tiene que el aumento del nivel general de eficiencia significa hoy, en último término, la creación de un nuevo tipo de cultura: contra la entrópica, desquiciada y antieficiente de nuestro tiempo, una cultura de la belleza, el bien y la complejidad. Una cultura que se sacuda los tópicos y mentiras que nos atenazan y que sólo puede desarrollarse dentro de un amplio clima de libertad: libertad de pensamiento, desde luego; también libertad religiosa, política, cultural y social; y, desde luego, libertad demográfica, para que algunos no tengan ningún hijo, otros tengan dos o tres, y otros decidan tener seis o siete, lo cual no tiene por qué ser una rémora para el ulterior desarrollo de un país, sino que hay que verlo, más bien, como una de las condiciones para que se mantenga su desarrollo.

¿Hay demasiada gente sobre la Tierra? No: lo que hay es demasiada estupidez, demasiado egoísmo, demasiada irracionalidad, demasiada indiferencia a la felicidad profunda del ser humano, demasiada falta de imaginación y de humanidad. Paul Ehrlich, premio Margalef, se equivoca: lo que está pidiendo a gritos el mundo de hoy no es una drástica reducción demográfica, sino un nuevo y más luminoso tipo de sociedad y de cultura.


VIII. LOS HÁBITOS HACEN AL HOMBRE


Antonio Orozco

Suele decirse que «el hábito no hace al monje». Otros apostillan que no lo hace, pero lo viste y lo muestra, que no es poco, pues también para eso es monje (Shakespeare dijo que el traje revela a la persona). Lo que nadie duda es que al monje, al médico, al profesor, al artesano, al ciclista, al trabajador - cualquiera que sea su trabajo -, lo hacen más o menos perfecto, más o menos detestable, sus hábitos interiores, los hábitos del alma, ciertamente más definitorios que los del vestir. El «maillot» amarillo no hace a Induráin pentacampeón del Tour, sino las virtudes humanas.

Hemos olvidado la función decisiva de las «hábitos íntimos» en la construcción de la personalidad. Me refiero a esos que residen en nuestras facultades de mayor rango, que nos hacen personas, hombres o mujeres, cabales: el entendimiento y la voluntad. El monje no puede, no debe tener el hábito de pensar frívolamente o de amar como un fresco. El monje, el médico, el vendedor de lo que sea, el deportista, el sabio, han de crear hábitos intelectuales y morales que faciliten, más aún, que hagan posible, el ejercicio siempre más perfecto de sus responsabilidades. La verdad es que se puede mucho. Todos podemos mucho; mucho más de lo que cada uno piensa de sí mismo.

La personalidad se forja con hábitos perfectivos. Los clásicos han llamado a esos hábitos, «virtudes». Hemos olvidado el sentido y valor de la virtud. La palabra latina «virtus» procede de «vis», que significa fuerza, vigor. Se trata por tanto de una capacidad, de un poder para la acción (interior o exterior) del que sin la virtud carecemos. La virtud es la más alta forma de haber (tener, poseer) en la cuenta de la personalidad, porque es un «tener» que da la posibilidad «ser más» (más fuertes, más justos, más prudentes, más inteligentes, más señores de nosotros mismos...) Los hábitos opuestos a los perfectivos, deterioran, dificultan, empobrecen la persona y son lo que siempre se ha llamado «vicios». Los vicios impiden a la persona tener «personalidad», en el sentido más noble de la palabra. Por cierto que, como dice Gracián, «no se acreditan los vicios por hallarse en grandes sujetos, antes bien ofende mas la mancha en el brocado que en sayal»

Una personalidad bien definida se forja a base de hábitos y vale lo que valen éstos. El que tiene el hábito de la vagancia, es un vago; el que tiene el hábito del trabajo es laborioso. El primero es un desgraciado, el segundo es honorable y seguramente bastante feliz.

SABIDURÍA Y ESTUPIDEZ

Hay hábitos perfectivos y hábitos corruptores. Nadie es espontáneamente una personal honrada o una persona corrupta. La sabiduría y la estupidez son siempre conquistas personales, logradas con el esfuerzo de la libertad. Por eso Jesucristo sitúa la estupidez entre los graves desordenes morales (Mc 7, 22).
Hay ignorancias invencibles y discapacidades naturales. Pero la estupidez es un logro responsable, resultado de la elección de la ignorancia como sistema de resolver dificultades (por ejemplo, como no me interesa resolver el problema del aborto, niego a la ciencia cuando dice que hay ser humano desde el instante de la concepción, etc.). Es ésta una modalidad que configura muchas personalidades que habitan hoy en nuestro planeta.

Tanto la sabiduría como la estupidez son libres y se adquieren con el ejercicio esforzado de la libertad. Hábitos perfectivos o corruptores los vamos adquiriendo queramos o no. Porque si no queremos hacer nada y nada hacemos, adquirimos el hábito de la gandulería, que bloquea la acción, precisamente cuando «quisiéramos» hacer. No elegir es un modo de elegir. Como aparentemente no se hace «nada», parece que ni siquiera se elige, pero sí se elige: se elige la omisión. Por eso la omisión es fuente caudalosa de graves desatinos. El santo no nace, se forja, con la gracia de Dios y el esfuerzo de la voluntad[1]. Todos podemos llegar a ser lo que queramos: sabios o estúpidos (bien entendido que la estupidez es compatible con el premio Nobel y la sabiduría es asequible a las gentes más sencillas). ¿Cómo es esto posible?

EL ARROJO DE LA GOLONDRINA

Cuando la golondrina mueve por primera vez las alas para volar, no se lanza a grandes vuelos. Intenta primero volar del nido al techo; luego regresa y se lanza de nuevo un poco más allá, y así cada vez va más lejos, hasta que siente el vigor en sus alas y sabe que puede orientarse, y entonces se pone a jugar en medio de los vientos, va chillando tras los insectos, roza levemente la superficie de las aguas y vuelve a subir hacia el sol. Y llega el día en que se aventura a sobrevolar anchos mares, siendo como es tan pequeña, un punto casi invisible entre dos azules inmensos. En su pequeño cuerpo se ha forjado un conjunto musculoso perfecto, que surca flechando el aire, señoreando como una reina por sus dominios.
Pero nadie se hace capaz de algo valioso - ni se malforma el carácter -súbitamente, sino con el ejercicio esforzado de la libertad. La virtud nos hace más libres, porque con ella hacemos el bien cuando queremos. En cambio, los hábitos malos (los vicios) impiden o dificultan en gran manera hacer el bien que quisiéramos hacer, pero ya no podemos, a no ser - si no es imposible - con un esfuerzo hercúleo. Trabajar, estudiar, andar, hacer deporte, charlar con los amigos, convivir amablemente con la familia, etc., cada cosa a su tiempo, son actos perfectivos de mi ser personal, me mejoran como persona y me permiten proseguir libremente hacia una mayor perfección. Cuanto más aprendo, más capaz soy de aprender, cuanto más trabajo -en la medida oportuna, mejor puedo trabajar. Cada uno de esos actos, me perfecciona, me satisface, me llena. Satis-fecho es el que está hecho, realizado con cierta saturación, con cierta plenitud personal. Si yo voy reiterando actos «satis-factorios», no sólo yo me perfecciono, perfecciono mi familia, perfecciono la sociedad, y soy más, porque soy más capaz de hacer actos perfectivos.

Sucede en el deporte cuando somos jóvenes que al principio no somos capaces de correr ni siquiera un par de kilómetros con cierta soltura. Pero hacerlo unos cuanto días nos capacita para correr más kilómetros seguidos y más deprisa. Hace un par de semanas no podíamos de ninguna manera. Hoy sí. En la olimpíada celebrada en Roma el año 1960 batió el récord mundial de los cien metros lisos femeninos una negrita que apodaron «la gacela negra». De pequeña había sido poliomelítica. Un amigo mío era incapaz de entender una clase de Filosofía de BUP y ahora es doctor en Filosofía y escribe libros bastante buenos. Todo es cuestión de esforzarse en alcanzar esa perfección del saber, del querer y del hacer que llamamos «hábito-virtud». Hubo un tiempo en que Induráin era incapaz de ganar el Tour; ni siquiera podía mantenerse encima de una bicicleta.

También las facultades espirituales, al actuar de acuerdo con su naturaleza - entendimiento de la verdad, amor al bien -, por reiteración de actos crecen en posibilidades. En cambio, hay actos que, por más que los hagamos libremente, nos deterioran, como personas libres. A veces un solo acto, acaba con nuestra libertad. Por ejemplo, tirarse por la ventana de un vigésimo piso; tomar un plato de setas venenosas. Otros actos, nos deterioran más despacio, pero inexorablemente; por ejemplo, drogarse; beber mucho alcohol, dar rienda suelta a los apetitos sensuales. Cada uno de estos actos nos pone un nuevo grillete y, si no reaccionamos con radicalidad, más pronto que tarde llegamos a ser esclavos sin remedio: no podemos ejercer nuestra libertad. El drogadicto no es libre, necesita cada vez más droga hasta convertirse en una ruina humana, para sí mismo, para su familia y para la sociedad.

La reiteración de actos perfectivos constituye una «riqueza» que podemos incrementar cada vez más y mejor; y al utilizarla , lejos de mermar, crece. No son meras costumbres o rutinas.

LOS HÁBITOS HACEN AL HOMBRE

Energía genera energía. A veces basta un sólo acto para generar una habilidad. Otras veces se requiere la reiteración de muchos actos iguales. Por el hecho de hacer algo alguna vez ya refuerzo mi musculatura espiritual y me preparo para repetirlo con más facilidad y perfección. Quien yugula una crisis gana en fortaleza y en alegría, porque la alegría profunda nunca es espontánea, sino fruto de una victoria voluntaria sobre uno mismo. Vencerse a sí mismo, es un principio de la ética clásica que hemos olvidado. Vencerse a sí mismo es no abandonarse a la espontaneidad, sino seguir el camino de la racionalidad; lo cual exige en ocasiones no poco esfuerzo de la libre voluntad.

LAS VIRTUDES, CONDICIÓN DE LIBERTAD

Sin virtudes, tenemos libertad pero no somos capaces de actuar libremente. En la práctica, la voluntad es habitualmente libre en virtud de los hábitos perfectivos. Este es el sentido profundo de la frase de Schiller: «sólo a través de su costumbre, el hombre puede ser libre y poderoso». El niño que crece aislado en la selva, a los diez o doce años ya carece de capacidad para el lenguaje. La educación de los primeros años gravita sobre nuestro presente y nuestro futuro. Por eso es preciso desarrollar cuanto antes hábitos verdaderamente perfectivos. El que no desarrolla virtudes, vive como un animal, por más que tenga entendimiento y voluntad. Los ha bloqueado. Puede hacer casas o puentes, pero él no llegará nunca ser más, irá siempre a menos. Y esto es posible, porque el hombre es el único animal que para vivir como lo que es (racional, libre) ha de saber que lo es y quererlo prácticamente.

Pío Baroja decía que "en la vida sólo existen dos caminos, el derecho y el torcido. Quien toma el derecho ya no lo deja; y quien emprende el torcido, tampoco". Es una exageración. Alguien comentaba esto diciendo que "el hombre acaba por ser esclavo de sus actos, y se comporta como aquel penitente sevillano que introduce el dedo gordo del pie descalzo en los raíles de un tranvía". Es una exageración, porque la libertad siempre existe mientras hay uso de razón. Pero también es cierto que los vicios constituyen una mengua tal de libertad que bien puede llamarse esclavitud, y que las virtudes, en cambio, otorgan una libertad nueva, capaz de dilatarse indefinidamente en su orden. Pero es cierto que sin hábitos arraigados no es posible hacer con facilidad el bien. Las dificultades son demasiadas. Si yo no hago actos de libertad que perfeccionen mi libertad, si no creo el hábito de elegir bien (es decir, de elegir el bien que la razón me indica como tal), estoy eligiendo mal y deterioro mi libertad, mi personalidad, mi dignidad. La virtud permite obrar bien cuando y siempre que se quiere; el incremento de libertad práctica consiste en la acumulación de virtudes. La virtud es el nivel superior de "posesión" (L. Polo).


VIRTUD Y LIBERTAD


Las virtudes intelectuales, perfeccionan la inteligencia; las virtudes morales, perfeccionan la voluntad libre. Libertad es dominio de sí; ser libre es ser dueño de los propio actos, señor de sí mismo, escoger lo que se quiere escoger, amar lo que se quiera amar, querer lo que se quiere querer. Sin virtudes, no hay libertad práctica sino veleidad: como una veleta que gira en la dirección del viento que sopla, que no se mueve a sí misma, que en el fondo no quiere lo que quiere querer sino el primer bien efímero con que se topa y que - si bien ponderara las cosas - rechazaría sin contemplaciones. La virtud se adquiere como un beneficio añadido al ejercicio concreto de las propias facultades. Es como un premio que la naturaleza se otorga a sí misma.

NECESIDAD DE LA VIRTUD PARA ALCANZAR LA FELICIDAD

Las virtudes constituyen la más alta perfección interior al hombre. Es claro que la perfección de la persona se encuentra en la perfección de su actividad interior: intelecto y voluntad. Ahí ha de hallarse la felicidad del hombre: en el ejercicio correcto, perfectivo, del intelecto y de la voluntad: en el entender y amar cada vez más y mejor. Entender y pensar la verdad de la bondad, la bondad de la verdad, la belleza de la verdad y de la bondad.

Sería, por tanto, absurdo pretender ser feliz buscando la felicidad en alguna suerte de posesión material, manual, corpóreo práctica. Sería un empobrecimiento muy grave. Un estrechamiento angustioso del horizonte de la propia existencia. La felicidad es la posesión de lo que nos perfecciona como personas, sin temor a perderlo (sólo así la posesión es perfecta), es decir, teniéndolo íntima y profundamente, al modo del hábito-virtud.

En consecuencia, el que no tiene virtudes no puede ser feliz: quizá no falle lo que le puede hacer feliz, pero fallará él mismo. Sin virtud somos inconstantes, inconsecuentes. Para ser constantes y consecuentes, crear hábitos. Toda la formación de la personalidad, toda quehacer educativo consiste no en la mucha información, sino en el mucho estimulo de hábitos intelectuales y hábitos morales. Sabiendo que ser hombre es una tarea larga; que el genio es una larga paciencia; que el artista, el buen profesional, el buen marido o esposa, el buen padre, el buen estudiante, el buen hijo de Dios, el santo, no nace, se forja; que es preciso querer y repetir muchos «pequeños» actos perfectivos. Los hábitos hacen al hombre. Las virtudes humanas - la musculatura espiritual - hacen al campeón. Pero la olimpíada de la libertad hacia la plenitud del ser personal, no es en modo alguno excluyente: podemos ganarla todos. 


Antonio OROZCO
[1] Cfr. JOSE MARIA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, núm. 7
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LECCIONES DE ÉTICA POR BRUNO RYCHLOWSKI

1. ¿Qué es lo moral?

Para adentrarnos en los problemas de la ética, partamos de nuestra experiencia. Es un hecho que nos señala nuestra propia experiencia que, en determinadas circunstancias, expresamos valorizaciones morales. Los contenidos de nuestros juicios se refieren a categorías opuestas: de bien o mal.

Así hablamos de actos nobles, heroicos, desinteresados, los que están en la esfera del concepto de "bien". Pero, hablamos de actos infames, egoístas, los que están en la esfera del concepto de "mal".

En el primer caso, hablamos de actos morales positivos; en el segundo, de actos morales negativos. Así, por ejemplo: a un asesino lo tratamos de inmoral; a una persona que sacrifica su vida para salvar a otro la tratamos de héroe, pues este sacrificio es de gran calidad moral. Ello nos pone en evidencia que nuestra valoración tiene un carácter objetivo, es decir, que se rige por el objeto que verificamos. En nuestro caso, el asesinato, y por otro lado, el heroísmo. Dicha objetividad nos permite formar juicios morales de validez universal: "El asesinato es una inmoralidad":

De lo dicho hasta ahora se desprende que la valoración moral propiamente dichala aplicamos sólo a acciones humanas.

"Cuando efectuamos una valoración moral, siempre tenemos en vista seres humanos, es decir, personas. Los valores morales tiene la particularidad de que sólo pueden referirse a seres personales"(Hessen).
Con respecto a los "juicios de conocimiento", ellos apuntan a afirmar si algo es verdadero o falso. En lo referente a obras de arte, hablamos de bello o feo. En ambos casos se trata de objetos y no sujetos o personas. "Es cierto que también decimos que tal vino es 'bueno', que tal enfermedad es 'mala', etc., pero, nuestro conocimiento del idioma nos indica claramente que en este caso no usamos las palabras 'bueno' y 'malo' en su acepción original, es decir, moral" (Hessen).

Cabe la pregunta: ¿qué es lo que valoramos en las personas cuando las valoramos moralmente? Valoramos las acciones. De donde resulta que el contenido de nuestra valoración moral no es teórico, sino práctico. El objeto de la valoración moral no es el pensar y el conocer sólo, sino, a la vez, el querer y el actuar. Consecuentemente, lo ético se da en la zona práctica y no en la zona del espíritu humano. "No todas las manifestaciones vitales del hombre están sometidas a valoración moral. Las funciones vegetativas y animales no admiten ningún juicio moral. El hombre tiene en común con el animal esas funciones, pero el animal es incapaz de ninguna acción moral. Sólo los seres racionales son capaces de realizar actos morales" (Hessen).
Por otro lado, son actos morales sólo los que realizamos conscientes y voluntariamente, y por ello se inscriben en la ética. únicamente las acciones realizadas a sabiendas y por libre decisión tienen carácter moral.
Sintetizando podemos afirmar: ética es la ciencia de los actos morales, vale decir, actos conscientes y libres, cuyo objetivo es la realización de un valor moral.

2. Concepto de la ética y la Moral

El término ética, etimológicamente, deriva de la palabra griega ethos, que significa "costumbre". El término Moral, etimológicamente, proviene de la palabra latina mores, que significa costumbres. Antes de ir en busca de una definición de la ética o la Moral, detengámonos sobre el objeto material y formal de la moral.
Objeto material y formal de la Moral

Aclaración de términos:

El objeto material de una Ciencia es el fenómeno que dicha Ciencia estudia. El objeto formal es el enfoque específico, desde el cual el fenómeno es estudiado. Por ejemplo: el hombre es el objeto material tanto de la Anatomía como de la Fisiología. Pero el objeto formal de la Anatomía es la estructura del organismo humano, mientras que el objeto formal de la Fisiología es el funcionamiento del organismo humano.
Aclarados los términos, procedamos a señalar el objeto material y el objeto formal de la Moral.
El objeto material de la Moral son las costumbres y conducta humana.

El objeto formal de la Moral es el conjunto de leyes que deben informar y orientar la actividad humana.
Definición de la Moral
Para una definición adecuada de la moral hay que tener presente los objetos constitutivos de la moral. Ellos son: su carácter psicológico y su carácter práctico. Tomando en cuenta ambos elementos podemos definir la Moral como la "Ciencia de las leyes ideales y de la actividad libre del hombre" (Jolivet).
Paul Faulquié define la Moral: "...es la teoría razonada del bien y del mal". Detengámonos sobre ésta definición.

La Moral es normativa, porque establece las normas que determinan lo que es el bien y lo que es el mal. En otras palabras, la Moral establece lo que se debe y lo que no se debe hacer. Lo que se permite y lo que se prohíbe.

La Moral formula principios generales. Según estos principios clasifica y juzga todos los hechos particulares que son propios de su campo.

El fundamento de la Moral es la razón.

Indudablemente, los diferentes sistemas morales podrán establecer distintos principios, como su fundamento. Pero, en el fondo de todos ellos se encuentra la razón que busca configurar y legitimar el respectivo sistema.

sábado, 15 de octubre de 2011

ETICA-EL BUSHIDO



En su forma original, se reconocen en el bushidō siete virtudes asociadas:

義 Gi - Rectitud (decisiones correctas)
Sé honrado en tus tratos con todo el mundo. Cree en la justicia, pero no en la que emana de los demás, sino en la tuya propia. Para un auténtico samurái no existen las tonalidades de gris en lo que se refiere a honradez y justicia. Sólo existe lo correcto y lo incorrecto.

]勇 Yuu - Coraje
Álzate sobre las masas de gente que temen actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. Un samurái debe tener valor heroico. Es absolutamente arriesgado. Es peligroso. Es vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa. El coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.

]仁 Jin - Benevolencia

Mediante el entrenamiento intenso el samurái se convierte en rápido y fuerte. No es como el resto de los hombres. Desarrolla un poder que debe ser usado en bien de todos. Tiene compasión. Ayuda a sus compañeros en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, se sale de su camino para encontrarla.

[editar]礼 Rei - Respeto
Los samurái no tienen motivos para ser crueles. No necesitan demostrar su fuerza. Un samurái es cortés incluso con sus enemigos. Sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales. Un samurái recibe respeto no solo por su fiereza en la batalla, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del samurái se vuelve evidente en tiempos de apuros.

誠 Makoto - Honestidad, Sinceridad absoluta
Cuando un samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra lo detendrá en la realización de lo que ha dicho que hará. No ha de "dar su palabra" no ha de "prometer" el simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción.

名誉「名譽」Meiyo - Honor
El auténtico samurái solo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quién eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.

忠 Chuu - Lealtad
Haber hecho o dicho "algo", significa que ese "algo" le pertenece. Es responsable de ello y de todas las consecuencias que le sigan. Un samurái es intensamente leal a aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, permanece fieramente fiel. Para el guerrero, las palabras de un hombre son como sus huellas: puedes seguirlas donde quiera que él vaya.